
Da pena comprobar que en Zacatecas la danza, en cualquiera de sus manifestaciones, esté tan despreciada por las “autoridades culturales”.
Con el anuncio de que del 23 al 30 de abril se desarrollaría aquí una semana relacionada con ese arte, en el Teatro Calderón y otros lugares fue instalado un aviso en el que se informaba de dicha jornada y la foto de una pareja de bailarines en una escena del repertorio clásico.
Pero la promoción no decía nada acerca de las sedes ni tampoco sobre los horarios de las presentaciones. Solamente aparecían los logos del gobierno del estado y el zacatecano de cultura.
Puede uno imaginarse, ante tal falta de tacto de nuestras barbáricas huestes gubernamentales para organizar eventos que le tienen sin cuidado, el lamentable maltrato al que sin duda alguna grupos locales y de visitantes fueron sometidos al haber venido aquí.
Haría falta platicar con un par de integrantes de esas trouppés para levantar diversas críticas, muchas de inconformidad, relacionadas con la falta de interés que pudieron notar para ese arte que surgió en los albores culturales de la humanidad con el fin de alabar a la naturaleza, para controlar sus fuerzas, para integrar a la comunidad.
La danza ha sido, siempre, una de las artes más despreciadas en todo el mundo, si no es que la más olvidada.
Hasta hace poco solíamos tener en México grupos de ballet clásico y contemporáneo que sobrevivían, incluso al amparo del INBA, con enormes dificultades.
Pensar la danza desde la perspectiva obtusa de la burocracia cultural de Zacatecas equivale a ver en esta manifestación estética una suerte de “patito inválido” capaz de sugerirnos un profundo desprecio, como es el que, en efecto, padece en Zacatecas donde hay engañabobos que mercan, que lucran con esa disciplina artística valiéndose del chantaje y la ausencia de talento.
Sin embargo, ser bailarín o bailarina real, verdadero, probable, entraña enormes dificultades, pues México es, en general, una tierra áspera, hostil al desenvolvimiento del ballet, en cualquiera de sus formas.
Se piensa que, para el caso de los jóvenes, bailar o aprender a bailar en una academia es tanto como ser joto declarado, en tanto que para el sexo femenino equivale a pensar que “morirán siendo despreciadas, con carencias y sin marido”.
Pero ser bailarín, sobre todo, ser un buen bailarín, entraña años de disciplina, de rigor y entrenamientos extenuantes y complicados que llevan a quienes lo practican, a tener heridas temporales y permanentes en la mayoría de los músculos y algunos huesos, heridas de trabajo y amor.
Así, hablar en Zacatecas de Pavlova, Nijinsky, Alicia Alonso, Guillermina Bravo, Yolanda Mérida, significa tanto como predicar en el desierto, no sólo porque la ignorancia de quienes creen manejar “acertadamente” el destino de la “cultura” oficial sea gigantesca en la materia, sino porque aun en la propia comunidad zacatecana es un ejercicio de reflexión cercano al tabú.
Y cómo negar que ser bailarín es algo así como ser un músico con todo el cuerpo, porque una coreografía es precisamente una partitura para que un bailarín o un grupo de danza la interpreten en un escenario mediante un acompañamiento musical, o sin él.
Hay tanto qué hablar de la danza, tantos referentes culturales e históricos que en este momento me vienen a la mente.
Trabajo en vano, porque mientras digo esto, no quiero imaginar que los cuerpos de danza invitados a Zacatecas, para celebrar el Día Internacional de la Danza, sean tratados como la chacha por los del ex–cuartel.
Etiquetas: cultura, danza, zacatecas
Este artículo fue publicado un Viernes, 25 de Abril del 2008 a las 19:43 hrs.
MARCO CASILLAS comenta:
El 25 de Abril del 2008 a las 21:29 hrs.
Excelente artículo Gabriel. Muy bien logrado. Bien por esas letras-libres y por esa pluma aguda.
SALUDOS!
Marco Casillas