
El 8 de agosto de 1913, tuvo lugar en la Ópera de París un estreno mundial que conmovió los cimientos de la historia musical de Occidente.
El compositor ruso Igor Stravinsky (1882-1971) dio a conocer su ballet La Consagración de la Primavera (Le Sacré du Printemps) y todo lo que hasta entonces se consideraba “música de concierto” terminó por venirse abajo.
Stravinsky apostó todo por una partitura que retoma una enorme cantidad de elementos simbólicos y motivos que recuerdan a la Rusia pagana, y que favorecieron el surgimiento, años atrás, de otro monumental ballet: El Pájaro de fuego (L’oiseau du feu, 1911) del mismo autor.
El escritor y crítico musical cubano Alejo Carpentier (1904-1980) nos legó una novela llamada precisamente La Consagración de la Primavera, en la que Vera, la protagonista, rememora sus años de juventud cuando Les ballets russes de otro artista fuera de serie, Sergei Diaghilev, tomaron por asalto la Ópera de París para estrenar la obra.
Vaslav Nijinsky tuvo el rol protagónico de la partitura coreográfica y se le recuerda como un fenómeno mundial en la historia de la danza; homosexual apartidista, Nijinsky tuvo en Diaghilev una figura patriarcal que le permitió dar cauce a su desbordante actividad como bailarín.
Aquella tarde de 1913, los alrededores de la ópera parisina estaban colmados por adeptos y contrarios a la música stravinskyana, pero nadie se imaginaba, en realidad, cuál sería el estruendo, la conmoción que la obra despertaría a partir de aquel momento.
Para empezar hubo de todo: desde personas que se liaron a golpes hasta objetos que fueron lanzados al escenario. Peor aún, la partitura comienza con un solo de fagot que es inusualmente alto para los registros bajos de un instrumento típicamente grave. Alguien del público se levantó y gritó a todo pecho: “Eso no se le hace a un fagot”…
Sin embargo, la concurrencia resistió; muchos vieron en la obra de Stravinsky elementos concurrentes del arte del siglo XX, y es que el compositor escribió una partitura sumamente atrevida y difícil de interpretar por cualquier orquesta sinfónica, incluídas las mejores.
Stravinsky trabaja la obra por secciones que se monumentalizan en el momento en que aparece el tutti orquestal, que es cuando el cuerpo de ballet conforma un coro de bailarines que rinden sacrificios a la fertilidad de la tierra.
Si los bailarines sufren ante la coreografía de Diaghilev, los músicos se arman de paciencia y valor por todos lados, ya que cada compás tiene una medida distinta, es decir, hay tanta y tal variación de las potencialidades musicales, que “nadie parece estar de acuerdo”, y sin embargo, el efecto estético es pasmoso: porque con ello el autor construye un monumental edificio sonoro que tiene todas las capacidades del cubismo pictórico.
La coreografía es fuera de serie, salvaje, erotica, trashumante, a grado tal que obligó a muchos de los músicos contemporaneos de Stravinsky a escribir en otros términos y dejar de pensar en la Quinta de Beethoven.
Por cierto, Stravinsky vino a México años antes de morir, a dirigir la Orquesta Sinfónica Nacional en el Teatro de Bellas Artes, cuando todavía teníamos Sinfónica Nacional y el INBA funcionaba con certezas; digo, aún no surgían los tecnócratas para quienes el arte es aborrecible, o al menos eso es lo que denotan queriéndolo borrar del mapa, con prósperos resultados.
No se le ve mucho en los escenarios mexicanos; en realidad, pocas veces se le interpreta como pieza de concierto y menos aún en su presentación escénica, debido a que se trata de una obra que hace desbarrar a muchos.
Alguna occasion la vi por ahí en un Cervantino de Guanajuato, pero era tan mala que en realidad causó multiples bostezos. Mejor no les digo quiénes la “bailaron” porque se enojan los de Delfos.
No hace mucho, José Luis Castillo al frente de la Sinfónica de la Universidad de Guanajuato acompañó al Ballet Nacional de México con insuperable fervor que levantó a los espectadores de sus asientos.
Mientras en Zacatecas nos conformamos con “bombones” descoloridos, el resto del mundo superó años atrás el trauma de la Consagración. Ahora el ballet es otro, no sé si se trata de un fenómeno recurrente, pero lo cierto es que posibilitó la emergencia de un nuevo lenguaje universal para la danza.
Etiquetas: cultura
Este artículo fue publicado un Lunes, 28 de Abril del 2008 a las 20:21 hrs.